"We all have a curse". Lo dice Miss Ives en Penny Dreadful, maravillosa serie de ficción que no me canso de recomendar a todo aquel que crea en los monstruos, fantasmas y demonios.
Yo no es que crea, es que considero que son justos y necesarios. Nos completan y nos hacen crecer como personas. Eso sí. Hay que saber mantenerlos a raya.
No sé por qué la gente les da tan poca importancia cuando realmente nuestra relación con ellos define cláramente cómo somos.
En las encuestas sobre personalidad debería haber un apartado con una pregunta tipo:
¿Cómo catalogaría su relación con sus monstruos, fantasmas y demonios?
a) inexistente. Tengo una vida perfecta, gracias.
b) de huída. En cuanto los veo asomar hago como que no los veo (o cierro fuertemente los ojos si hace falta) y desaparecen.
c) de lucha. Me dejo los cuernos para mantenerlos a raya, pero me cuesta la vida.
c) son mis mejores amigos. Me he abandonado por completo a sus dictados y vivo en una bacanal constante.
La mayoría de mis amigos son la c. Esforzados luchadores que ven perfectamente por dónde se ciernen las sombras y acechan relucientes colmillos y tratan de sobreponerse al terror del abismo manteniendo la calma.
Joaquín, como yo, usa los relatos cual crucifijo de letras vade retro.
Ha sido para mi un honor atender a su petición de leer un recopilatorio de escritos exorcizantes (con la presencia del demonio corriendo a su lado y todo) titulado "El Diario Marciano" que espero ver publicado pronto. En él narra básicamente su soledad desde que su exmujer le desterrara a Marte porque había decidido unívocamente intimar con el emperador galáctico, un tipo con cara de pocos amigos, pero que a base de seductoras palabras, probablemente infundidas por el lado oscuro de la fuerza, se la llevó al huerto. (El chaval tiene imaginación , eh?)
Los lectores espabilados ya habréis deducido que Marte es el planeta de los divorciados. Un territorio verdadereamente hostil y poblado de monstruos, fantasmas y demonios.
La gente allí hablaba algo parecido al español. Pero luego me di cuenta que no era español, realmente, sino un dialecto al que los habitantes de Marte dieron por llamar marciano, como era de esperar. Lo bueno es que se aprende enseguida. La jerga está plagada de tecnicismos, tipo “mi ex” (puede ser uno o veinte), de los que está terminantemente prohibido decir el nombre; “los singles” (grupos de personas que dicen no tener ningún interés sexual para organizar actividades en las que principalmente se centran en buscar pareja); y la mejor de todas, “en mi casa o en la tuya”.
Así comienza su descripción de esta condena sufrida por todos los corazones rotos así sin merecerlo realmente, sin invocarlo.
En Marte se dan unas extrañas tormentas en las que se acumulan una serie de gases de esta atmósfera enrarecida dando lugar a reacciones químicas variadas cuyo efecto es una enorme tristeza. Así, un buen día uno puede estar viendo la tele y de repente sentir una presión en el corazón aplastante, las lágrimas en las mejillas, recuerdos en la piel, y no poder resistirse a coger la guitarra y tocar unos pocos acordes, normalmente menores, tristes, invocando más aún a esos raros espíritus de la tristeza, que en realidad no son sino una combinación de gases que trastornan nuestras emociones.
En Marte todo es así. De repente un día estás triste, al siguiente la cosa mejora, y al siguiente te puedes encontrar con una nueva tormenta que desemboque en la más profunda desesperación. Lo normal es que uno piense en lo feliz que era en la Tierra, allí en donde ahora sólo crecerán unos pocos arbustos radiactivos y camparán las cucarachas y las ratas a sus anchas, entre los cadáveres de los miles de millones de recuerdos que quedaron sepultados en el estruendo que dio lugar a su destrucción. ¿He dicho recuerdos? ¿En qué estaré pensando?
En Marte todo es así. De repente un día estás triste, al siguiente la cosa mejora, y al siguiente te puedes encontrar con una nueva tormenta que desemboque en la más profunda desesperación. Lo normal es que uno piense en lo feliz que era en la Tierra, allí en donde ahora sólo crecerán unos pocos arbustos radiactivos y camparán las cucarachas y las ratas a sus anchas, entre los cadáveres de los miles de millones de recuerdos que quedaron sepultados en el estruendo que dio lugar a su destrucción. ¿He dicho recuerdos? ¿En qué estaré pensando?
Creo que uno puede darse por muerto el día en el que sus recuerdos pesan más que sus sueños. Por eso debemos ser optimistas y pensar que lo mejor siempre está por llegar. Y saber sepultar nuestros recuerdos antes de que ellos sepulten nuestros sueños.
Como dice mi amigo Joaquín, en Marte es muy difícil que Mary Poppins asome por tu ventana. Pero no va a quedarse nunca si la casa está poblada de fantasmas.
Relatar ayuda mucho. Y redecorar también. Por eso estoy segura de que volveremos a vernos pronto en La Tierra.
Un abrazo fuerte a todos los marcianos.
