sábado, 11 de noviembre de 2017

Gerapas del universo

El otro día mi amiga Montse, tras una solitaria excursión por Navacerrada, vino a comer a casa. Aún me arrepiento de no haberla acompañado aquella mañana a patear por la montaña. Pero era de esos extraños días en los que el ama de casa que llevo dentro, pero que muy muy dentro, va y sale. Y me entran unas ganas terribles de barrer, aspirar y fregar suelos y baños. Y eso hay que aprovecharlo y entregarse a tope.

El caso es que cuando llegó mi amiga de allá arriba en modo Zaratustra, yo estaba en modo I love Lucy. No había terminado de colgar el mandil cuando va y me espeta que "realmente en esta vida, en el fondo, estamos siempre solos".

Que yo eso ya lo sabía. Como también sé que nos vamos a morir. Pero me pilló un poco de sorpresa en la cocina. 

Así, más de golpe que poco a poco, fuimos acompasando nuestros estados de ánimo como buenas amigas.

La charla derivó en las personas que conoces a lo largo de la vida y van desapareciendo engullidas por los agujeros negros de las circunstancias. 

Una de estas personas es Isabel, compañera de trabajo del equipo de iluminación en la irrepetible serie "Los Hombres de Paco". Cuando pasábamos de la sexta toma o del tercer bloque de una secuencia que se grababa a cuatro cámaras, solía acercarse a la mesa de realización, mirarme fijamente a los ojos y decirme: "Elena, por favor. Recuérdame que se está mucho peor en la cola del paro". Al final a veces era yo la que iba la mesa de luces a reconfortarla sin que tuviera que llegar a pedirlo.

Han emitido ya muchas series desde entonces. Pero aún me repito sus palabras ante cualquier momento de desesperación, porque siempre podría ser peor.

También hay algo peor que perder amigos o seres queridos. Y es no llegar a tenerlos. De hecho, otro pensamiento que en su día me inquietaba, pero que mi sabiduría ha metabolizado por fin, es aquel refrán de Antonio Machado que decía: "Tengo a mis amigos en la soledad. Cuando estoy con ellos qué lejos están".

En el fondo quizás sea necesario que determinadas personas queridas deban alejarse temporal o definitivamente de nosotras para permitirnos evolucionar. Y no por ello debemos considerar que los hemos perdido o que estamos solos. Más bien habrá que admitir que nunca fueron nuestros y que estar estar, tampoco estamos. Somos más bien gerapas en la trayectoria del universo.

Personalmente agradezco mucho los momentos compartidos con todas las personas que se han cruzado conmigo a lo largo de la vida. Incluso con aquellas que me han hecho sufrir, porque también han sido necesarias en mi camino evolutivo. 

No sé cuánto me queda por sentir: Traiciones, amores incondicionales, nuevas amistades, despedidas repentinas, falleciemientos o sufrimientos de seres queridos. Sólo sé que trataré de verlo todo como parte de una evolución. Una evolución en la que nunca estamos solos.






jueves, 9 de noviembre de 2017

Hace falta valor



En ocasiones veo frases... frases que encierran un enigma aún por descubrir. Frases que mi intuición decide almacenar en la despensa de mi conciencia porque sabe que algún día alimentarán mi sabiduría.

En ocasiones, la visión es tan fuerte que tengo la necesidad de anotarlas. Y cuando esa mágica retahíla de palabras llega a poseerme casi como un conjuro, las pincho en el corcho de la cocina. (Ya he comentado en más de una ocasión que la cocina es el alma del hogar. Dime qué cocina tienes y qué tipo de vida haces en ella, y te diré qué clase de hogar has construido)

En el corcho de mi cocina lleva mucho tiempo pinchada una frase que escuché hace ya unos años, al poco de divorciarme:

"Si tu valor te rehuye, supera tu valor"
Emily Dickinson 

La entendía en términos absolutos. Pero sabía que era de esas frases traicioneras, que encierra mucho más de lo que parece.

En este tiempo mis ojos han pasado en muchas ocasiones sobre ella. A veces de soslayo, otras realizando un minucioso escaneo en alta resolución, analizando mis últimos avances en pos de una comprensión más profunda. Alguna vez enjuagados en un llanto incontrolado que me hacían verla borrosa y me generaba una mezcla de fuerza y frustración.

Hace ya unos meses, de la misma manera que en su día me salió el drive jugando al tenis en un golpe aparentemente casual, me di cuenta de que por fin había llegado comprenderla en toda su profundidad.

Cuántas veces nos rehuye el valor en la vida. Tantas que hay personas que deciden rehuirlo ellas mismas e incluso llegan a hacer de ello una forma de vida. 

Porque es muy fácil lanzarse ante cualquier acción que no requiera valor. Pero, en cuanto surge la necesidad de apelarlo, abortamos la misión como ratas. Algo así como lo que acaba de hacer Puigdemont con la independencia catalana.

¡Qué vergüenza!

No hay nada más triste y ridículo que la cobardía.

Afortunadamente siempre está la otra cara, la de esas personas que no sólo lo apelan cuando tienen que apelarlo, sino que lo persiguen como sea cuando sienten que quiere escaparse de ellas.

Porque el valor, como todo en esta vida, se entrena, aunque a veces tengamos que pincharlo en un corcho para que no se nos escape.

El mío, después de las 10.000 horas de práctica de Malcom Gladweell, ya acude raudo de un sólo silbido.

Menos mal, porque hace falta mucho valor para lidiar con tanta cobardía...


Sara Bareilles-Brave (Subtitulada al Español)