En ocasiones veo frases... frases que encierran un enigma aún por descubrir. Frases que mi intuición decide almacenar en la despensa de mi conciencia porque sabe que algún día alimentarán mi sabiduría.
En ocasiones, la visión es tan fuerte que tengo la necesidad de anotarlas. Y cuando esa mágica retahíla de palabras llega a poseerme casi como un conjuro, las pincho en el corcho de la cocina. (Ya he comentado en más de una ocasión que la cocina es el alma del hogar. Dime qué cocina tienes y qué tipo de vida haces en ella, y te diré qué clase de hogar has construido)
En el corcho de mi cocina lleva mucho tiempo pinchada una frase que escuché hace ya unos años, al poco de divorciarme:
"Si tu valor te rehuye, supera tu valor"
Emily Dickinson
La entendía en términos absolutos. Pero sabía que era de esas frases traicioneras, que encierra mucho más de lo que parece.
En este tiempo mis ojos han pasado en muchas ocasiones sobre ella. A veces de soslayo, otras realizando un minucioso escaneo en alta resolución, analizando mis últimos avances en pos de una comprensión más profunda. Alguna vez enjuagados en un llanto incontrolado que me hacían verla borrosa y me generaba una mezcla de fuerza y frustración.
Hace ya unos meses, de la misma manera que en su día me salió el drive jugando al tenis en un golpe aparentemente casual, me di cuenta de que por fin había llegado comprenderla en toda su profundidad.
Cuántas veces nos rehuye el valor en la vida. Tantas que hay personas que deciden rehuirlo ellas mismas e incluso llegan a hacer de ello una forma de vida.
Porque es muy fácil lanzarse ante cualquier acción que no requiera valor. Pero, en cuanto surge la necesidad de apelarlo, abortamos la misión como ratas. Algo así como lo que acaba de hacer Puigdemont con la independencia catalana.
¡Qué vergüenza!
No hay nada más triste y ridículo que la cobardía.
Afortunadamente siempre está la otra cara, la de esas personas que no sólo lo apelan cuando tienen que apelarlo, sino que lo persiguen como sea cuando sienten que quiere escaparse de ellas.
Porque el valor, como todo en esta vida, se entrena, aunque a veces tengamos que pincharlo en un corcho para que no se nos escape.
El mío, después de las 10.000 horas de práctica de Malcom Gladweell, ya acude raudo de un sólo silbido.
Menos mal, porque hace falta mucho valor para lidiar con tanta cobardía...

Me gusta, has hecho que entienda la frase mejor. Totalmente de acuerdo
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