jueves, 23 de junio de 2016

Pedir es triste, pero así robamos alegremente

La Democracia son dos lobos y una oveja votando sobre qué se va comer. La Libertad es la oveja, armada, impugnando el resultado. (Benjamin Franklin)


Él había tenido un duro día de trabajo. Ella no tanto. Tras diez meses de búsqueda activa de empleo había aprendido a dosificar sus energías y sentirse útil a la sociedad haciendo cosas por la comunidad aunque no cobrara por ello. (Lo que viene siendo lo contrario a lo que hacen los políticos).

Ella prefería quedarse en casa. Cocinar algo rico para él, y así seguir sintiéndose útil, y pasar la noche tranquilos, amortizando el ladrillo de esa hipoteca que diez años después de pagar religiosamente no se saldaría ni con la venta del piso.

Pero él había pasado el día encerrado en reuniones y quería cenar al aire libre. Así que decidieron sentarse en una terraza y disfrutar del alegre bullicio del Madrid de los Austrias. Por el camino, él, un hombre inteligente con una gran conciencia social, al pasar ante el Palacio de Oriente, recordó el debate suscitado en el último discurso de Navidad de nuestro querido Rey, que precisamente en su primer año como monarca, decidió escoger este emplazamiento para reafirmar la fuerza en la unidad de España. Nuestra pareja se entendía muy bien porque manejaba los mismos conceptos en su percepción de la vida. A los dos les gustaba hablar claro, y, sobre todo, respetar las leyes acordadas cláramente por ellos mismos. 

"Si vivimos en una monarquía ¿por qué no vamos a sacar el máximo partido de nuestro Palacio Real? Es lo más lógico", -comentó ella.

"A ver si te crees que no iba a convertirse esto en el Palacio de la República si cambiaran las tornas", -apuntaló él.

Nuestra pareja es de clase media acomodada. Esa que sostiene el desarrollo equilibrado de un país. Esa que tanto esfuerzo nos ha costado hacer crecer. Esa que, si no nos ponemos las pilas, nos podemos cargar de un plumazo.  

Nuestra pareja no tiene concepto de envidia. Sabe que cada uno acaba teniendo lo que desea si se esfuerza y está dispuesto a pagar su precio. El hecho de no poseer un piso en aquellos históricos edificios, no les impedía disfrutar contemplando sus hermosas fachadas imperiales, vestigio del esplendor y del buen gusto de la época de los Habsburgo.

Así, paseando por los orígenes de la capital de España, acabaron sentados en una terraza al lado de la Plaza de la Cebada. Pidieron un par de cervezas y se pusieron rápidamente de acuerdo para compartir un par de platos ligeros. Apenas habían empezado a abandonarse a ese momento de placidez y plenitud absoluta (que sólo llega después de horas de sudor y esfuerzo) cuando un mendigo irrumpió para perturbar su paz. Se trataba de un rumano, joven, fuerte y bien parecido, que bramaba con los ojos pidiendo una ayuda con voz susurrante, mientras agitaba en su mano unas monedas, que sonaban a amenaza más que a desamparo. La pareja, que también compartía el mismo concepto de solidaridad, se sintió tremendamente incómoda sin lograr ahuyentarlo, más por su sentido de la educación, que por un instinto animal de largarlo a empujones. 

Finalmente, después de unos minutos de eterna incomidad incomprendida, el pordiablero desapareció. Y con él el teléfono móvil que reposaba confiado sobre la mesa. Y con él la incomprensión, que no la eterna incomodidad.

No era un mendigo. Era un ladrón. Un lobo rumano con un disfraz de cordero de los chinos. 

El engaño, aunque sea burdo, genera mucha incomodidad. Y esa es precisamente el arma que tiene para despistarnos. No os preguntaréis por qué me siento muy incómoda con los políticos que nos han estado gobernando hasta la fecha... Siento que nos están tomando el pelo y quiero que se vayan. Pero tampoco quiero dejarme engañar por la situación. Winston Churchill vaticinó en su día que los fascistas del futuro se llamarían antifascistas. También es suyo el pensamiento de que "el problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles, sino importantes".

La democracia es importante si nuestro voto es útil. El mío será para Ciudadanos.












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