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| Viñeta de Maitena |
El año pasado por estas fechas me llamó una de esas amigas con las que quedas muy de vez en cuando, pero que siempre que quedas te preguntas por qué no quedas más a menudo...
Me pasa con unas cuantas amigas, y algún que otro amigo también.
La eterna limitación del tiempo y el inexorable cumplimiento de los deberes diarios se me vienen a la cabeza como explicación rápida y rutinaria.
"Cuánto tiempo, Susana ¿Qué tal te va todo?", pregunté con cariño.
"Pues bien. Ya con ganas de vacaciones, después de acabar los exámenes. Que menuda pechada de estudiar he pegado...", contestó fatigadamente aliviada.
"No sabía que estuvieras estudiando. ¿De qué te has examinado?", pregunté más por interés que por curiosidad.
"Pues de segundo y tercero de la ESO", me contestó muy seriamente.
Me hizo mucha gracia, sobre todo porque mis hijos eran más pequeños y aún no lograba ponerme plenamente en su lugar.
Pero ya en segundo de primaria la cosa cambia. "Y en tercero creo que se pone mucho peor...". (Este comentario ya lo empiezo yo a escuchar a la salida del colegio).
Jamás pensé que a mis 40 años volvería a revivir con tanta intensidad aquel agobio de tener deberes.
"Hoy qué, niños. ¿Tenemos muchos deberes?", me veo preguntándoles mientras les cambio sus mochilas por la merienda para convertirme en madre sherpa.
Y es que como te salga un hijo remolón la has cagao. Eso va mucho más allá de la procrastinación- es que aprendí esa palabra hace poco y quería usarla-. Los niños de ahora son especialistas en el arte de convencerte de la ausencia de deberes. Que si hoy los hicimos en clase... que si era el día de sin deberes... que si yo en especial hoy no tengo que hacerlos... que si nadie me ha apuntado las sumas y las restas...
Total que para cuando ya sabes qué deberes hay que hacer (una de las consultas estrella en el chat de las madres sufridoras) tu paciencia ya ha encogido un par de tallas.
Ahora toca sentarlo a la mesa, y buscar lápiz y saca puntas y lápices de colores...
Aquí se supone que todo debería empezar a fluir. Pero no. La criatura aún no tiene la más mínima intención de poner sus neuronas al servicio del deber. Prefiere emplearlas todas en sacarte de quicio. Así que continúa remolonenando con su procrastinación (que me ha gustado la palabra) hasta que, sí, tengo que confesarlo, consigue que tenga que recurrir a la violencia. (Evito la narración de los hechos, más por no dar buenas ideas que por herir sensibilidades.)
Lo cierto es que una vez que se centra no sólo consigue acabar sus tareas en diez minutos, sino hacerme sentir inferiormente acomplejada por su capacidad de entender determinados ejercicios antes que yo. (Trato de consolarme pensando que se lo explican previamente en clase, pero por si acaso no pregunto).
No sé si lo estamos haciendo mal con nuestros hijos en esta generación o si siempre ha sido así. Yo recuerdo a mi padre repitiendome una y otra vez la diferencia entre un golfo y un cabo. Y tengo una bofetada grabada como muy bien merecida por responder a su pregunta del pretérito imperfecto del verbo cagar (es un hombre muy paciente, educado y culto, pero ya no sabía como contenerse) con un: "...¿había cagado?".
De nuevo en el presente repasamos la tabla de multiplicar del 9. Yo le sugerí un truco: sumar diez y restar una. Entonces él me contestó que era mucho más fácil hacer lo del vídeo que le había enseñado su profesora. Y sin dejar de sorprenderme con su capacidad para localizar contenido en internet, me puso la siguiente secuencia:
https://youtu.be/R1k5KZNBf-M
Afortunadamente, las buenas historias siempre se repiten. La letra con sangre entra y el humor lo hace todo más llevadero.

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