El siguiente relato es completamente verídico. Su protagonista es una buena amiga mía, pero no alteraré ninguno de los acontecimientos aquí narrados porque a ella no le importa. Es una mujer inteligente y sabe que la protagonista de esta historia podría ser cualquier madre trabajadora que siga creyendo en los peces de colores y en la conciliación laboral.
María siempre había sido una mujer idealista. También era inteligente, esforzada y voluntariosa. No le costó nada terminar su carrera universitaria. Le costó un poquito más entrar en el mundo laboral, por supuesto siempre mucho peor pagada (y valorada) que cualquiera de sus compañeros varones. Pero acabó encontrando su hueco y con 30 años ya era una mujer independiente y realizada a nivel profesional.
Podía haberse plantado ahí. Pero decidió seguir jugando a la ruleta de la vida feliz y aceptó sin dudarlo, dando saltos y palmadas con los ojos brillantes de emoción, cuando su querido novio le propuso matrimonio.
Al principio le resultó divertido comprobar que todos los tópicos que había escuchado acerca de la convivencia con un hombre eran completamente ciertos.
Efectivamente para él hacer la cama era tirar de una esquinita de la sábana para arriba. Tenía una extraña capacidad para no ver nunca los platos por recoger o la basura desbordante. Tampoco había manera de quitarle el mando a distancia de la tele, que no lo soltaba ni para beber la cerveza. Y el día que se abrió la veda de los pedos sintió que aquello tendría peores consecuencias que la explosión de Chernobyl. Pero estaba perdidamente enamorada. Así que, en lugar de aceptar aquella promoción para liderar la apertura de la nueva sede en Londres, decidió quedarse ... embarazada.
Unos mellizos preciosos. Tan preciosos que cuando se le acabó la baja maternal no pudo soportar el tener que separarse de ellos para volver a ocupar su importante puesto de trabajo.
¿Qué le estaba pasando? ¿Cómo podía ser la naturaleza tan cruel? Ella que tanto había disfrutado antes de su maravilloso trabajo sin pararse a calcular el tiempo que ganaba o perdía en él, de pronto empezó a sentirse irritada cuando la fútil petición de un cliente obsesivo le robaba momentos de estar con sus hijos. Podéis tacharla de clásica pero no terminaba de visualizarse cambiando pañales frente al ordenador. (Y no tenía la gran suerte de trabajar como diputada en el parlamento).
Así que no le quedó otro remedio que optar por la jornada reducida. La jornada reducida (en adelante JR) es un concepto que en el siglo que viene será definida como la fórmula que se inventó la sociedad de aquella época para volver a esclavizar a la mujer en la era del capitalismo.
A las mujeres más inteligentes que conozco, a poco limitado que tengan su sentimiento maternal, les basta un par de meses de JR para suplicar la jornada completa con la misma desesperación que en su día suplicaron la epidural.
Pero ya hemos contado que María no es una madre moderna. María es de las que disfruta llevando y recogiendo a sus hijos en el colegio, aunque tenga que aparcar en tercera fila. Por eso mismo su JR tiene 25 horas, que a continuación paso a detallar:
-5.30 a.m. Suena el despertador. María lo apaga rápidamente para no perturbar los plácidos ronquidos de su marido. Deambula por el pasillo quitándose las legañas para conseguir el mínimo grado de visión que le permita hacerse el café. A los dos sorbos ya es capaz de recordar en qué punto del archivo se había quedado seis horas antes. Lo abre y se pone a trabajar.
-7.30 a.m. Un segundo despertador (alguna vez se ha quedado dormida en la cocina) le recuerda que debe levantar a los niños para ir al cole.
-8.15 a.m. Después de dejar a los niños en primeros del cole (la ventaja es que a esa hora no tiene que aparcar en triple fila) acelera para llegar a aparcar el coche a tiempo de coger el autobús que la lleve a Moncloa. Hace poco vivió un vergonzoso episodio que afortunadamente me narró con mucho humor:
"Yo iba perdiendo los tacones para coger el autobús, que ya estaba parado frente a la marquesina, cuando di un paso en falso y me caí. Cuando me vi en el suelo lo primero que pensé fue que no podía cogerme la baja. Afortunadamente sólo me había rasgado la blazer. ¡Mira! He tenido que tirarla".
María habla así. No es que sea acelerada, pero tiene una gran capacidad para concentrar mucha información en pocas palabras. Probablemente sea fruto del tipo de vida que lleva. Es de esas personas que no tiene tiempo para hablar del tiempo. Nunca la escucharé decir eso de "vaya..., parece que va a llover", o "qué buena tarde se ha quedado..." María, como todas las mujeres de JR, no tiene tiempo ni para percibir su estrés. Itziar, otra madre amantísima de JR, pronto estará como ella porque según me comentaba hace poco ha tenido la mala suerte de que la han traslado a una oficina casi al lado de su casa, en Las Rozas. -"Menudo fastidio, -se lamentaba compungida, "me han quitado el único momento que tenía para mi, disfrutando tranquilamente en los atascos de ida y vuelta a Madrid".
María habla, siempre maximizando el tiempo, mientras hurga en la basura para mostrarme la rotura irreparable de la manga de su chaqueta. "Una pena que esto no se lo puedo reclamar a la mutua laboral", -bromea sobreviviendo como todas las criaturas inteligentes y sensibles, gracias a su agudo sentido del humor.
"¿Y cogiste el autobús?", -pregunté ansiosa por una afirmación que me devolviera la fe en la justicia del destino.
"Pues en una primera instancia me levanté muy entera y estirando mi blazer desahuciada y disimulando mi cojera me puse a caminar en dirección contraria: Ante todo dignidad", -narró con solemne simpatía.
"¿...Y?", -pregunté con la mirada.
"El conductor arrancó en mi dirección, y cuando estaba a mi altura paró y abrió las puertas para preguntarme, ¿estás bien?. A lo cual yo respondí asintiendo de lado dignamente con la cabeza. Y en seguida me dijo... Anda...sube. Y yo subí".
Menos mal que al final la gente es buena, aunque sólo sea cuando llegas a dar pena de borde de lágrimas. Pero algo es algo.
Ya tenemos a María en el autobús rumbo a Moncloa (no le pregunté si gracias al show de besar la acera consiguió que le cedieran un asiento). Una vez allí aún deberá coger el metro a Argüelles y transbordar a Colón.
Pero esto lo seguiré narrando en otro post. Más que nada para que no cunda el estrés.
Y eso que aún no hemos empezado la jornada oficial...
Ya tenemos a María en el autobús rumbo a Moncloa (no le pregunté si gracias al show de besar la acera consiguió que le cedieran un asiento). Una vez allí aún deberá coger el metro a Argüelles y transbordar a Colón.
Pero esto lo seguiré narrando en otro post. Más que nada para que no cunda el estrés.
Y eso que aún no hemos empezado la jornada oficial...

Me ha encantado este relato... más que el del rumano que te levanta el móvil. ¡Vaya putada, por cierto!
ResponderEliminarPodías seguir por este camino... buscando historias de mujeres desesperadas (y/o desamparadas), luchadoras y madres que hacen lo posible por abrirse camino en la vida y por compartir más tiempo con sus hijos, a la vez que sus maridos aprovechan para tener también más tiempo para jugar al pádel, fútbol, correr, o cualquier cosa que se tercie, todo ello en pro de que vosotras podáis, por supuesto, disfrutar más de los lindos querubines, sin quitaros el protagonismo que os merecéis. ;)